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martes, 31 de agosto de 2010

Carta a una señorita en París, Julio Cortázar (parte 4)

A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.

Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.

Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.

He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.



El que leyó el cuento tiene un premio (?)

Carta a una señorita en París, Julio Cortázar (parte 3)

De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.

Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.

Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.

Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

Carta a una señorita en París, Julio Cortázar (parte 2)

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)

Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.

Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.

sábado, 28 de agosto de 2010

Carta a una señorita en París, Julio Cortázar (parte 1)

Como ya ha sucedido otras veces (?) pondré un cuento, por partes porque es muy largo. Wen igual me cago porque nadie lo va a leer ajaja pero lo pongo porque se me da la regalada gana e.e después pongo las otras partes.


Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

sábado, 10 de octubre de 2009

"El otro" de Jorge Luis Borges (segunda parte, final)

Me quede pensando y le pregunte si verdaderamente se sentia hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas funebres, de todos los carteros, de todos los buzos, de todos los que viven en la acera de los numeros pares, de todos los afonicos, etcetera. Me dijo que su libro se referia a la gran masa de los oprimidos y parias.
-Tu masa de oprimidos y de parias -le conteste- no es mas que una abstraccion. Solo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algun griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas paginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que estan por entrar en la batalla hablan del barro y del sargento. Nuestra situacion era unica y, francamente, no estabamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creia en la invencio o descubrimiento de metaforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades intimas y notorias y que nuestra imaginacion ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinion, que expondria en un libro años despues.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
-Si usted ha sido yo, ¿como explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que el tambien era Borges?
No habia pensado en esa dificultad. Le respondi sin conviccion:
-Tal vez el hecho fue tan extraño que trate de olvidarlo.
Aventuro una timida pregunta:
-¿Como anda su memoria?
Comprendi que para un muchacho que no habia cumplido veinte años, un hombre de mas de setenta era casi un muerto.
Le contesté:
-Suele parecerse al olvido, pero todavia encuentra lo que le encargan. Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversacion ya habia durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrio.
-Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estas soñando conmigo. Oí bien este verso, que no has leido nunca, que yo recuerde.
Lentamente entone la famosa linea:
- L'hydre- univers tordant son corps écaillé d' astres.
Senti su casi temeroso estupor. Lo repitio en vos baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
-Es verdad -balbuceo-. Yo no podre nunca escribir una linea como esa.
Hugo nos habia unido.
Antes, él habia repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche en el mar, en que fue realmente feliz.
Si Withman la ha cantado -observe- es porque la deseaba y no seucedio. El poema gana si adivinamos que es la manifestacion de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se quedo mirandome.
-Usted no lo conoce - exclamo-. Withman es incapaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversacion de persona de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendi que no podiamos entendernos. Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podiamos engañarnos, lo cual hace dificil el dialogo. Cada uno de los dos era el remedo caricaturesco del otro. La situacion era harto anormal para durar mucho mas tiempo. Aconsejar o discutir era inutil, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto recorde una fantasia de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraiso y le dan como prueba una flor, Al despertar, ahi esta la flor.
Se me ocurrio un artificio análogo.
-Oí -le dije-, ¿tenes algun dinero?
-Si - me replico-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convide a Simon Jichlinski en el Cocodrile.

-Dile a Simon que ejercera la medicina en Carouge, y que hara mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.
Saco tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofrecio uno de los primeros.
Yo le tendi uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
-No puede ser -grito-. Lleva la flecha de mil novecientos sesenta y cuatro.
(Meses despues alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
-Todo esto es un milagro -alcanzo a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurreccion de Lázaro habran quedado horrorizados.
No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardo la moneda.
Yo resolvi tirarla al rio. El arco del escudo de plata perdiendose en el rio de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.
Respondo que lo sobrenatural si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos vieramos al dia siguiente,en ses mismo banco que esta en dos tiempos y en dos sitios.
Asintio en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le habia hecho tarde. Los dos mentiamos y cada cual sabia que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
-¿A buscarlo? -me interrogó.
-Si. Cuando alcances mi edad habras perdido casi por completo la vista. Veras el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa tragica. Es como un lento atardecer en verano.
Nos despedimos sin habernos tocado. Al dia siguiente no fui. El otro tampoco habra ido
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he encontrado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro converso conmigo en un sueño y fue asi que pudo olvidarme; yo converse con él en la vigilia y todavia me atormenta el recuerdo.
El otro me soñó, pero no me soño rigurosamente. Soñó ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.



Cuento del Libro de arena.

miércoles, 7 de octubre de 2009

"El otro" de Jorge Luis Broges (primera parte)

El hecho ocurrio en el mes de febrero de 1969, al norte de Cambridge. No lo escribi inmediatamente porque mi primer proposito fue olvidarlo, para no perder la razon. Ahora, en 1972, piendo que si lo escribo, los otros lo leeran como un cuento y, con los años, tal vez lo sera para mi.Se que fue casi atroz mientras duro y mas aun las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.Serian las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al rio Charles. A unos quinientos metros a mi derecha habia un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitalbemente, el rio hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heraclito. Yo habia dormido bien; mi clase de la tarde anterior habia logrado, creo, interesar a los alumnos. No habia un alma a la vista.Senti de golpe la impresion (que segun los psicologs corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se habia sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se habia puesto a silbar (nunca habia sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me atrajo a un patio, que ha desaparecido, y a la memoria de Álvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Lluego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero queira parecerse a la de Álvaro. La reconoci con horror.Me acerque y le dije: -Señor, ¿usted es oriental o aregentino? -Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra - fue la contestacion.Hubo un silencio largo. Le pregunte:-¿En el numero diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?Me contesto que si.-En tal caso - le dije resueltamente- ustede se llama Jorge Luis Borges. Yo tambien soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.-No -me respondio con mi propia voz un poco lejana. Al cabo de un tiempo insistio:-Yo estoy aqui en Ginebra, en un banco a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.Yo le conteste:-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En esa casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo del Perú nuestro bisabuelo. Tambien hay una palangana de plata, que prendia del arzon. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres volumenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capitulo y capitulo, el diccionario latino de Quincherat, la Germania de Tácito en latin y en la version de Gordon, un Don Quijote de la casa de Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor. el Sartor Resartus de Carlyle, una biografia de Amiel y, escondido detras de los demas, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso de la plaza Dubourg.-Dufour - corrigio.Esta bien, Dufour. ¿Te basta con todo eso?No- respondio-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo se. Su catalogo prolijo es del todo vano.La objecion era justa. Le conteste:-Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligacion, mientras tanto, es aceptar el sueño como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.-¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad.Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingi un aplomo que ciertamente no sentia. Le dije:-Mi sueñi ha durado ya setenta años. Al fin y al cabom al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos esta pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No queres saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?Asintio sin una palabra. Yo prosegui un poco perdido:-Madre esta sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murio hace unos treinta años. Murio del corazon. Lo acabó una hemiplejia; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murio con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela habia muerto en la misma casa. Unos dias antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que esta muriendose despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan comun y corriente". Norah, tu hermana, se caso y tiene dos hijos. A proposito, en casa, ¿como estan? -Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.Vacilo y me dijo:-¿Y usted?-No se la cifra de libros que escribiras, pero se que son demasiados.Escribiras poesias que te daran un agrado no compartido y cuentos de indole fantastica. Daras clases como tu padre y tantos otros de nuestra sangre.Me agrado que nada me preguntara sobre el fracaso o exito de los libros. Cambie de tono y prosegui:-En lo que refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardo en capitular; Inglaterra y America liberaron contra un dictador aleman, que se llamaba Hitler la ciclica batalla de Waterloo. Buenos Aires, hasta mil novencientos cuarenta y seis, engendro otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Cordoba nos salvo, como antes Entre Rios. Ahora, las cosas andan mal, Rusia esta apoderandose del planeta; America, trabada por la supersticion de la democracia, no se resuelve a se un imperio. Cada dia que pasa nuestro pais es mas provinciano. Mas provinciano y mas engreido, como si cerrara lo ojos. No me sorprenderia que la enseñanza del latin fuera reemplazada por la del guarani. Note que apenas me prestaba atencion. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto, lo aminalaba. Yo, que no he sido padre, senti por ese pobre muchacho, mas intimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunte que era.-Los poseidos o, segun creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski - me replico no sin vanidad. -Se me ha desdibujado. ¿Que tal es? No bien lo dije, senti que la pregunta era una blasfemia. -El maestro ruso -dictamino- ha penetrado mas que nadie en los laberintos del alma eslava. Esa tentativa retorica me parecio una prueba de que se habia serenado.Le pregunte que otros volumenes del maestro habia recorrido. Enumero dos o tres, entre ellos El doble. Le pregunte que estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularia Los himnos rojos . Tambien habia pensado en Los ritmos rojos. -¿Por que no? -le dije-. Podes alegar buenos antecedentes. El verso azul de Ruben Dario y La cancion gris de Verlaine. Sin hacerme caso, me aclaro que su libro cantaria la fraternidad de todos los hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su epoca.


Lo dividi en dos partes porque sino es muy largo y nadie lo iba a leer, bueno igual no creo que nadie lo lea.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Cuarta parte de "El fantasma"

Su atención se hizo mas aguda. De pronto, tan repentinamente como un disparo, descubrió una pequeña figura, como un enano, cerca de la pared, entre la puerta y la chimenea. Era una pequeña figura con capa, no mas alta que la mesa ¿Como lo hacia? Se movía despacio, muy despacio, hacia el fuego, como si no se diera cuenta de la presencia de la niña, envuelto en una capa que arrastraba por el suelo, con un sombrero en la cabeza inclinada sobre los hombros. La pequeña se aferro a las sabanas: era algo tan raro, tan inesperado: soltó una risa nerviosa para romper la tensión del silencio..., para demostrarle su aprecio.
El enano se detuvo en seco al oír el ruido y giro hacia ella.
¡Ay! ¡Pero que miedo sentía! La cara del enano era de un tono blanco cadavérico, tenia un rostro largo y afilado, hundido entre los hombros. ¡No había color en los ojos que la observaban! ¿Como lo hacia? ¿Como lo hacia? Era demasiado bueno. Se volvió a reír nerviosamente; y con un estremecimiento de terror que no pudo dominar, vio como la figura salia de las sombras y avanzaba hacia ella. Se armo de valor; no debía asustarse por una simple representacion... Se acercaba, era horrible, horrible..., estaba llegando a su cama...
Escondió de golpe la cabeza entre las sabanas. Nunca supo si grito o no...
Alguien tocaba la puerta, halando alegremente. La niña se saco la cabeza de las sabanas, avergonzada por su temor. ¡La horrible criatura había desaparecido! El señor East hablaba desde la puerta ¿Que era lo que decía? ¿Que?
-Ya estoy listo - dijo -. ¿Quieres que entre y empiece?

Tercera parte de "El fantasma"

Permaneció muy tranquila durante un buen rato, sonriente, pensando en Percival East, y en sus distintos papeles románticos. Lo admiraba mucho. Recordó detalladamente la última obra en que lo había visto. ¡Estaba tan espléndido al batirse a duelo! No podía imaginárselo con aspecto horrible, pensó. ¿Qué haría para lograrlo?
Hiciera lo que hiciera, ella no se iba a asustar. Él no podría decir que la había asustado a ella. El tío Timothy también estaría allí, supuso. ¿O no?
Oyó pasos frente a la puerta, a lo largo del pasillo, que luego se perdieron. La puerta al pie de la escalera se abrió y luego se cerro con un golpe.
El tío Timothy había bajado.
La niña siguió esperando.
Un tronco, quemado y rojo, se partió súbitamente en dos y los pedazos cayeron derrepente en el fondo de la chimenea. La pequeña se sobresalto con el ruido. ¡Todo estaba tan silencioso! Se pregunto cuanto mas tardaria el señor East. Hacia falta atizar el fuego, pues los pedazos de tronco se habían juntado. ¿Debía llamar? Pero el señor East podría entrar justo en el momento en que la sirvienta estuviera avivando el fuego, y eso arruinaría su entrada. El fuego podía esperar...
La habitación estaba silenciosa y, a causa de la tenue luz del fuego, mas oscura.
Ya no le llegaba ningún ruido desde abajo, porque la puerta estaba cerrada. Había estado abierta durante todo el día, pero ahora se había roto el ultimo y frágil vinculo que la unía a los demás.
La llama de la lampara dio un repentino salto. ¿Por que? ¿Estaría a punto de apagarse? ¿ Se apagaría?... No
Esperaba que el señor East no se le apareciera de golpe. Por supuesto que no lo haría. De todas maneras, hiciera lo que hiciera, ella no se asustaría..., no verdaderamente. Hombre prevenido vale por dos.
¿Hubo un ruido? La niña se levanto, con la mirada clavada en la puerta. ¡Nada!
Pero, sin duda, la puerta se había entreabierto, ¡ya no encajaba tan perfectamente en el marco! Tal vez, la puerta... tenia la seguridad de que se había movido. Si, se había movido..., se había abierto unos dos centímetros, y, poco a poco, mientras observaba, vio un hilo de luz entre el filo de la puerta y el marco, que crecía despacio y se detenía.
No era posible que entrara por allí. Se había entreabierto por si sola. El corazón de la niña empezó a latir con mas fuerza. Solo podía ver la parte superior de la puerta: el pie de la cama ocultaba el resto.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Segunda parte de "El fantasma"

Con un ruido inesperado, una explosión de risas y aplausos, la puerta al pie de la escalera se abrió y cerró. La niña oyó unos pasos que subían y unas voces que se acercaban. Era el tío Timothy, quien golpeaba la puerta entreabierta.
-Pasen - gritó, contenta.
Junto al tío se hallaba un hombre de mediana edad, de expresión tranquila y cabello gris. ¡Al fin el tío había traído un médico!
-Aquí tiene a otra de sus pequeñas admiradoras, señor East - dijo el tío Timothy.
¡El señor East! De pronto comprendió que había esperado verlo llegar envuelto en una capa, con el cabello empolvado y finos ropajes. Su tío sonrió ante su cara de sorpresa.
-No lo reconoce, señor East - señaló.
-Por supuesto que lo reconozco - dijo valientemente la niña y se incorporó, sonrojada por la excitación y la fiebre, los ojos brillosos y el cabello revuelto.
En efecto, empezó a ver cómo el renombrado héroe del escenario y el hombre del rostro bondadoso se unían como en un mismo retrato. Allí estaba el suave movimiento de la cabeza, la barbilla... ¡Claro! Y los ojos, ahora los veía con detenimiento.
-¿Por qué lo estaban aplaudiendo? - preguntó.
-Porque les prometí que les daría un susto mortal - respondió el señor East.
-¡Oh! ¿Cómo?
-El señor East - aclaró el tío Timothy- se va a disfrazar como nuestro viejo fantasma ya desaparecido y nos va a proporcionar un rato verdaderamente escalofriante allá abajo.
-¿De verdad? - exclamó la jovencita, con la ansiedad que sólo puede contenerse en la voz de una niña-.¡Ay! ¿Por qué me enfermé, tío Timothy? No estoy enferma. ¿No se nota que ya estoy mejor? Me he pasado el día en cama. Estoy prefectamente bien. ¿Puedo bajar, querido tío..., por favor?
Ya casi había salido de la cama, por el entusiasmo.
-¡Bueno, bueno, pequeña! - la tranquilizó el tío. alisando las sábanas con rapidez y tratando de cubrirla.
-Pero ¿puedo?
-Por supuesto, si quieres que te asuste en serio, te aseguro que te daré un susto tremendo - empezó a decir Percival East.
-Oh, si, claro que quiero - gritó la niña, saltando en la cama.
- Volveré para que me veas cuando este disfrazado, antes de bajar.
-¡Ay, por favor, por favor! - exclamó, radiante, la pequeña.
¡Una representación privada, sólo para ella!
-¿Estará de veras horrible? - preguntó riendo.
-Todo lo que pueda - el señor East sonrió y siguió al tío Timothy, que ya salía del cuarto-. ¿Sabes? - dijo, volviéndose antes de cerrar la puerta y mirándola con burlona seriedad-. Creo que estaré bien espantoso. ¿Estás segura de que no te importará?
-¿Importarme?...¿Tratándose de usted? - rió la niña.
El señor East salió de la habitación, cerrando la puerta tras de si.
-Tralalá, tralalá - tarareó contenta la pequeña y volvió a meterse entre las sábanas, las estiró sobre su pecho y se puso a esperar.


lunes, 14 de septiembre de 2009

"El fantasma", de Catherine Wells

Una niña de catorce años estaba sentada en una vieja cama, recostada sobre unos almohadones y tosiendo de tanto en tanto a causa de un resfrío y la fiebre que la obligaban a permanecer allí. Ya no quería seguir leyendo a la luz de la lámpara y permacía reclinada, escuchando lo poco que podía oír y observando el fuego de la chimenea. Desde abajo, más allá del ancho y oscuro pasillo, cubierto de paneles de roble y en el que colgaban cuadros antiguos con llameantes batallas navales pintadas en sus telas, desde más allá de la amplia escalera de piedra que daba a una pesada puerta chirreante, le llegaban. por momentos, los tenues sonidos de la música de baile. Primos, primos y más primos se hallaban allí abajo, y el tío Timothy, como anfitrión, animaba la velada. Muchos de ellos habían entrado alegremente en su cuarto durante el día, le decían que su enfermedad era "una verdadera lástima", que patinar en el parque era "demasiado divertido", y luego se iban a bailar otra vez. El tío Timothy se comportó con mucha amabilidad. Pero... allí abajo se escapaba para siempre toda la felicidad que la niña había deseado durante más de un mes.
Contempló cómo caían parpadeando las llamas del gran fuego de leños en el hogar. Por momentos tenía que apretarse las manos para detener las lágrimas. Había descubierto -pronto empezaba a conocer los pequeños secretos de la feminidad- que si tragaba con fuerza y rápidamente cuando las lágrimas se juntaban, podía evitar que se la inundaran los ojos. Deseó que alguien fuera a verla. Tenía una campana a su alcance, pero no se le ocurría ninguna excusa para hacerla sonar. Deseó también que hubiera más luz en el cuarto. El fuego la iluminaba vivamente cuando los leños llameaban hacia arriba: pero, cuando apenas brillaban, las sombras oscuras bajaban desde el techo y se juntaban en los rincones, contra las paredes. Puso su atención en el tenue resplandor que proyectaba la lámpara sobre el agradable desorden de la mesa de luz: la mermelada de grosellas y la cuchara, las uvas, la limonada, el pequeño montón de libros, todo parecía cálido y acogedor. Tal vez la señora Bunting, el ama de llaves de su tío, regresara pronto a conversar con ella.
La señora Bunting muy probablemente estaría más ocupada que de costumbre esa noche. Se habían agregado varios invitados nuevos: los participantes de otra fiesta que llegaron en coche, acompañados de una conocida figura romántica, nada menos que el famoso Percival East. La entereza de la niña se había quebrado esa tarde cuando el tío Timothy le contó que East estaba en la casa. El tío estaba sorprendido: sólo otra niña podría haber entendido perfectamente lo que significaba que un simple resfrío impidiera conocer en persona a ese mítico héroe del teatro; otra niña se hubiera desbordado de alegría ante su audacia, llorado ante sus nobles gestos de renuncia, sentido felicidad -y un poco de envidia- ante el abrazo final con la mujer amada.
-¡Bueno, bueno, querida sobrina!- le había dicho el tío Timothy, palmeándola suavemente en el hombreo, con gran pena-. No te preocupes. Si no puedes levantarte, le pediré que suba a verte. Te lo prometo. ¡Qué increíble atracción que tienen sobre las niñas estos personajes!- dijo como para sí mismo.
El revestimiento de madera crujió, como suele pasar en las casas viejas. La niña era de esa clase de personas temerosas que no creen en fantasmas, y, sin embargo, desean con toda su alma no cruzarse nunca con uno. ¡Y hacía tanto tiempo que nadie la visitaba!. Pasarían muchas horas, se dijo, antes de que la niña que dormía en la habitación de al lado se acostase; las dos piezas estaban comunicadas por una puerta, lo que le daba tranquilidad. Si hacía sonar la campana, pasarían un par de minutos antes de que alguien llegara desde los cuartos de la servidumbre, que se hallaban bastante lejos. Una de las mucamas pronto debería cruzar el pasillo, pensó, para arreglar los cuartos y agregar carbón al fuego de las chimeneas. Todo eso iría acompañado de una serie de ruidos que serían una distracción. ¡Cómo se aburría una en la cama! ¡Qué horrible, que insoportablemente horrible era estar atada a la cama, perdiéndose toda la alegre diversión de allá abajo! Ante este pensamiento, tuvo que tragarse una vez más las lágrimas.

Bueno, este cuento esta buenisimo, lo dividi en cuatro partes porque no tira nada escribirlo todo de una. Cuando pueda escribo las otras partes, espero que les guste.